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6 de marzo de 2015

A todos nos ha pasado por la cabeza matar un político - Capt. 2


No hay marcha atrás


Creo que las sociedades han confundido el concepto de civilización y orden, con resignación y mansedumbre.
Si me dicen que a nadie se le ocurre acabar con la vida de una persona, por mucho que ésta se merezca el odio y desprecio de los subordinados, nadie despierta y dice: a este me lo cargo. Bueno, si se pudiera, habría que preguntarle a Mark David Chapman o al asesino serial Andrew Cunanan (asesinos de John Lennon y Giani Versace respectivamente) si estarían de acuerdo con la afirmación de que la evolución social del ser humano ha suprimido el instinto depredador del hombre llevándole a cegar la vida de un semejante sin motivo aparente. Me atrevo a decir que ambos negarían rotundamente la veracidad de tal sentencia.
De acuerdo, estas dos personas estaban mentalmente enfermas, algún sector de sus desquiciados cerebros se había apagado definitivamente y es probable que fuese aquella sección en la que se encuentran los valores, la ética, la autocensura, ¡qué se yo!
 Elsa es una persona normal y con un profundo sentido de la empatía, la responsabilidad y la consciencia social. Alguien así, una persona como ella que jamás tuvo una infracción - nunca se sacó el carnet de conducir ni se compró coche alguno -, que no causaba molestias a sus vecinos y siempre parecía tener ánimo suficiente para repartir entre lo suyos, no puede convertirse en una asesina de un día para otro.
La idea de matar al presidente y alguno de los ministros - no tenía muy claro cuál era el más dañino -, al contrario de lo que sucede en la mayoría de las personas, no pasa de ser eso, una ocurrencia, una justificada fantasía, pero Elsa llevó ese pensamiento al terreno de la razón - o la locura reaccionaria - y como pasa con algunos fanáticos religiosos que se inmolan tras asesinar accidentes.
Elsa no es una asesina a sueldo, está convencida de que si no lo hiciera ella, cualquier otra persona se sentiría obligada a hacerlo.

El día señalado, Elsa siguió adelante. Creía que después de lo que había llegado a hacer para llegar hasta ese momento, no había marcha atrás, además, no se había dado el milagro que hubiese podido detenerla. El presidente y sus ministros seguían aniquilando los derechos sociales, la corrupción, recortes, injusticias, abusos, todo seguía igual, hasta las promesas del presidente de gobierno eran las mismas que cuando desplazó al partido que había pasado a ser oposición.

Aunque Elsa podía estar segura de que nadie estaba asumiendo como ella la decisión de influir directamente en un cambio tangible y definitivo, lo cierto es que resulta muy difícil imaginarse que entre más de 40 millones de personas, solo una, no política, se decidiera a dar un golpe de verdadero efecto sobre la vida política y social del país.

Mientras Elsa se dirigía, ya convertida en un hombre de baja estatura, tez morena, ojos marrones, nariz ancha, medio calvo y canoso, otra persona en la misma ciudad había decidido marcar un hito en la historia política del país.
Junto a un bar, muy cerca de donde se llevaría a cabo un mitin al aire libre, había uno de cientos de edificios que gracias a la banca española, había quedado vacío. Diez pisos de no más de 50 metros cuadrados estaban llenándose de polvo y con sus muebles deteriorándose inexorablemente. Uno de esos inmuebles que se construyeron sobre las ruinas de un antiguo bloque de pisos que formaban parte de la belleza arquitectónica del barrio y que fue derruido durante el auge de la burbuja inmobiliaria, en el transcurso de la primera y segunda legislatura innombrable José Venancio Hitmac*, del mismo partido que el malnacido que gobierna actualmente, PCR (Partido Coalición Representativa).
De acuerdo a sus planes, Elsa recogería la llave de la puerta de calle en un compartimento simulado en la pared, cerraría con llave al entrar y al salir, subiría hasta el piso 5, dispara, guarda todo, se va y cierra nuevamente.
Puesto así, y repasando mentalmente cada detalle de lo que había aprendido a hacer en los últimos diez meses, solo la fatalidad podía hacerle fracasar… la fatalidad y que en el momento justo, no consiguiera controlar sus pulsaciones cardiacas para acertar al blanco.
Una tarjeta del metro, llegar al punto planeado, caminar unos quinientos metros, tomar la llave, entrar, subir, disparar, bajar, cerrar y dejar la llave en su lugar. En el metro le asaltó una duda: ¿de quién es el edificio? En su cabeza imaginó toda una secuencia de sucesos que no le gustó ni un pelo, y lo que menos le gustaba era vivir con miedo. Se había puesto ese ridículo disfraz para no tener que vivir escondida, ella tenía un trabajo al que volvería una vez que terminaran sus vacaciones, lo que pasaría en poco más de quince días. Aquella mañana llamó muy temprano a su ex marido para decirle que había encontrado una oportunidad buenísima en Texas y que estaba planteándose mudarse a ese país porque estaba harta de lo que estaban haciendo los de PCR con el país. Antonio, que estaba medio dormido, apenas si hizo algún comentario que superara tres letras, eso sí, le deseó suerte y cortó la llamada. A su hermano le había llamado también para avisarle que pasaría unos días con él porque no se encontraba bien, que haría un recado y después se iría a estar con él. Su hermano trabajaba por la noche, así que tampoco a Javier le hizo ni puñetera gracia que le llamaran cuando apenas hacía unos instantes que había entrado en la cama, gruñó alguna cosa y también cortó la llamada. A Elsa no le importó, su hermano era así, parco y malhumorado, eso tendría que ser a causa de su horario de trabajo porque cuando era más joven, solía ser muy sociable y alegre. La gente cambia, solo tenían que verle a ella.
Subió las escaleras para salir del subterráneo. En el vagón del metro se había planteado no llevar a cabo el plan, pero en su mente se visualizó arrepintiéndose amargamente de no hacerlo, así que recorrió el trayecto que había dibujado y llegó hasta la puerta del edificio abandonado.

El arma estaría ahí desde la madrugada anterior, escondida por ella misma en una buhardilla y envuelta en papel. Tomó la llave y abrió, cerró desde dentro y entró al reducido espacio del hall de aquel sitio vacío. El sonido de sus pasos se le antojaban demasiado fuertes tomando en cuenta que eran unos zapatos de la marca con el color amarillo mostaza. El diseño del edificio no era ninguna obra de arte arquitectónica, pero habían sabido sacarle provecho al solar. Le habían indicado que aunque no había focos en todo el sitio, el ascensor sí estaba en servicio para evitar que se echase a perder, por lo que semanalmente iba una persona para ponerlo a trabajar durante un par de horas.  Elsa prefirió subir por las escaleras. Se tranquilizó pensando que si hubiese algo o alguien en algún departamento o rincón del edificio, escucharía algo más que sus pisadas. Entró al 5 C y con calma sacó el estuche del arma, cogió una pequeña banqueta y se sentó junto a la ventana esperando que empezara todo el movimiento del mitin del presidente acompañado por sus ministros.